Una jungla en Madrid

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Tras un periodo de pausa la loca vuelve con mucha fuerza, y es que ¿Qué puede recargarte más las pilas que casi tres horas de auténtico Rock and Roll?

Y eso fue lo que vivimos ayer, un espectáculo que nunca imaginé que tendría la posibilidad de disfrutar: los legendarios Guns n’ Roses.

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A la salida del metro de Pirámides, sólo había que seguir a una manada de personas con rosas, armas y calaveras para llegar al Estadio Vicente Calderón, donde se cerraría su historia recibiendo a los Guns n’ Roses originales, 24 años después. Y es que cuando la noticia de que Duff McKagan, Axl Rose y Slash se subían de nuevo juntos a los escenarios muchos no podíamos dar crédito, (parece que ni siquiera ellos lo hacían, ya que la gira reza Not in this lifetime), tanto que las entradas volaron el día de su salida en apenas una hora.

El sol abrasador no evitó que el estadio fuera llenándose poco a poco con 55.000 espectadores con mucho apetito de rock and roll. De pronto, diez minutos antes de tiempo, las pantallas se llenaron de pistolas, sonó la canción de Looney Tunes y The Equalizer y el escenario se llenó de dioses. Cometieron la brutalidad de empezar el espectáculo con It’s So Easy y Mr. Brownstone, y justo cuando bajé la guardia con Chinese Democracy Axl gritó “you’re gonna die!”, y retumbaron los acordes de Welcome to the Jungle, en una inesperada cuarta posición.

La voz de Axl Rose rasgó hasta el último momento el aire, dando muy pocos indicios del paso del tiempo, cambiando de atuendo incontables veces. El ritmo de Duff McKagan nos devolvió al pasado y Slash nos hizo el amor en cada acorde, tocando todo tipo de guitarras (incluso de dos mástiles) y, por supuesto, su querida Gibson Les Paul. Si no fuera por la ausencia de interacción entre el guitarra y el vocalista cualquiera diría que los Guns nunca se habían ido.

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No faltaron clásicos, Better, Rocket Queen, This I Love, Nightrain, Out Ta Get Me (en lugar del My Michelle que sonó en Bilbao y que tanto me faltó anoche), un eterno y maravilloso solo de Slash, sintonía del Padrino incluida, que culminó con el punteo de Sweet Child O’ Mine, que nos llevó al cielo a todos. Sonó la increíble November Rain, con Rose al piano y, por si eso no había acabado con nosotros, la siguió Knockin’ on Heaven’s Door, versión de Bob Dylan que ellos ya han hecho suya. Y no faltaron otras covers, la primera de ellas a Wings con Live and Let Die, que me hizo recordar que hace un año me encontraba en ese mismo sitio, escuchando esa misma canción interpretada por Paul Mccartney en otra noche mágica. También escuchamos Attitude, de Misfits, Black Hole Sun, de Soundgarden (grupo del recientemente fallecido Chris Cornell) y una sentida instrumental Wish You Were Here de Pink Floyd.

Sin darnos cuenta ya estábamos en el final del concierto. Imposible hacer caso a la letra de Don’t Cry, la emoción en The Seeker (cover de The Who), Patience y, por último, un espectáculo de fuegos artificiales con Paradise City.

Cerca de tres horas de Rock and Roll con mi querido compañero Mario que se nos pasaron en un suspiro. Un tremendo espectáculo que nos recuerda que los rockeros vamos al infierno, pero que el Rock no morirá nunca. Insaciables Guns n’ Roses que nos regalaron una noche que no esperaba ni en mis mejores sueños, viviendo en primera persona a unas auténticas leyendas.

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¡Larga vida al Rock and Roll!

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